Un límite. Mil virtudes.

Al comienzo de su historia, cuando él compartió su límite, ella era demasiado niña para valorarlo en su justa medida: «—¿Sabes? —le susurró—. Ante una discusión o un conflicto, me bloqueo. No sé reaccionar».  La joven que iniciaba el romance de su vida solo vio algo anecdótico propio de un hombre sensible, poco amante de peleas y tanganas, y se sintió aliviada… feliz. Se trataba de un hombre  evolucionado, noble, caballeroso, bueno, precavido, paciente, amable y sincero, y ante tanto tarambana machista en el escenario, le parecía un tesoro de incalculable valía. Además, era atractivo, soñador, carismático, trabajador, honrado, fiel y comprometido… Mil virtudes; un límite. Ni siquiera lo pensó.

Poco a poco,  con el transcurrir de los años, ella observó que cuando la vida apretaba, cuando la injusticia arreciaba fuera, él se recogía hacia dentro como los caracoles, esperando a que pasara la tormenta, sin asomar un solo dedo… sin echar una sola mano.  La ya no tan niña, que siempre fue de salir a la lluvia a meterse en todos los charcos, antes lo hubiera llamado cobardía. Ahora sabía, alguna que otra crisis mediante, que solo era su forma de mantenerse intacto, tras una infancia manejada entre brutos.

«Hoy hay batalla fuera» se dice a sí misma. «Le he rozado la mano antes de salir, le he pedido que se quede preparando la comida -otra de sus muchas bondades- y he cerrado la puerta despacio. Llevo las botas puestas. Alguien en esta casa tiene que pisar el barro, y a mí no me importa mancharme. Un límite; mil virtudes. Lo que cuenta (lo que me debe contar) es el plural».

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