¿Es muy fácil?

Existe una trampa silenciosa en la que caen muchas relaciones con el paso de los años, y es la trampa de la resignación: «esto es lo que hay», «y yo ya para qué», «es que a estas edades», «hay que aguantar», «lo que queda es el cariño», «es lo que toca», y la mejor por ser de Silvio: «no busques, que no hay…»  Nos han vendido la idea de que el «amor maduro» debe ser sobrio, aburrido, manso y predecible; un puerto donde amarrar el viejo barco de Chanquete para no volver a navegar jamás, sostenido a base de paciencia, templanza, convivencia muda, sorda y ciega, y la heróica capacidad de soportar los defectos del otro sine die.

Pero eso no es amor maduro. Eso es un mal menor compartido.

El verdadero amor de larga data, es un fuego bajo que -bien trabajado- levanta la llama (ole la metáfora) mejor que en sus inicios.

A veces basta con eliminar lo asumido erróneamente a través de la herencia, la genética, la tradición, la costumbre… Romper con el molde que hicieron otros, y adoptar una visión donde la calma jamás signifique aburrimiento o desinterés. A saber:

  • Pasión con raíz, no con fecha de caducidad:  que no somos yogures (nunca mejor dicho). La pasión madura no es la prisa ciega y ansiosa de la juventud, sino la atención mutua consciente. Es mirar a la misma persona después de 20, 30, 40 años y seguir sintiendo curiosidad por saber qué piensa hoy,  con qué sueña, y en quién se está convirtiendo (¿una tarta de queso con frambuesa?).

  • Conexión sin ataduras:  llegar a ser dos personas enteras (nada de medias naranjas), que eligen cruzarse todos los días. Es un espacio de libertad compartida donde ambos se siguen buscando con ganas, no porque toca o con desidia.

  • Adaptación viva, no resignación: adaptarse no significa «soportar» ni «malvivir» cediendo trocitos tuyos para no molestar. Además, es inviable: con ciertos años ya no se cambia la personalidad. Olvídate. Se trata de mejorarse individualmente, hacerte cargo de ti, de tus limitaciones y defectos, y ver cómo así mejora la relación y la conexión (efecto mariposa). Sería maravilloso que ambas partes se hicieran responsables de sus propias heridas (algo inevitable si se ha vivido), y quisieran sanarlas de forma independiente, pero para llegar a eso se requiere un nivel de evolución y compromiso no apto para todos los públicos. Saberlo, aceptarlo y respetarlo entra dentro de la madurez personal.

  • Ilusión y asombro:  no sé tú, que diría Luis Miguel, pero yo sigo flipando a diario: me asombra todo y me maravilla estar viva. No dejo de aprender y de preguntar (aunque a veces me arrepiento…).No soy creyente y no lo necesito para admirar lo que me rodea, con todos sus «peros». Precisamente al ser consciente de la finitud, aprovecho y agradezco cada día… El amor maduro mantiene, igualmente, la mirada curiosa. Se niega a asumir que ya lo sabe todo del otro, y que no hay nada nuevo por descubrir. Se ilusiona con proyectos nuevos, con viajes improvisados o simplemente con una conversación tardía que arregle el mundo. Se reinventa y así, casi sin querer, se rejuvenece…

Desconfiemos del cariño que solo sabe a rutina y condescendencia. De la mirada tolerante que lleva cierto asco implícita. De los ojos en blanco, con lo bonito que es el color… Hagamos hueco a un amor que mantenga la piel despierta, la mente alerta y el corazón entusiasmado. Un amor que no recuerde la edad. Y como decía aquella antigua canción de épocas pasadas, pero no necesariamente mejores: es muy fácil (es muy fácil) si lo piensas (si lo piensas); es muy fácil (es muy fácil) si lo intentas (si lo intentas…).

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