MICRORRELATOS ENCADENADOS. EPISODIO III

INCERTIDUMBRE

El camino hacia la casa de la detective fue una excitante carrera para Milos, y una pesadilla de ansiedad para Adina. La lluvia, impertinente, los acompañaba, mojando sus caras y su ropa sin que a ninguno le importara. Apenas se daban cuenta de nada, su objetivo –el bienestar de la niña- era lo único en ese viaje lleno de incertidumbre.

La sombra de la mujer, un Negro pesado y espeso, reflejaba el verde de los semáforos, suavizando su figura, pero la mano derecha, oculta tras la gabardina, se mantenía pegada a la culata de su arma de servicio. Estaba lista para cualquier cosa.

—Lleva semanas buscando esto —acertó a decir, con la respiración entrecortada por la prisa—. Vive en el segundo. Un tipo solo, un borracho fracasado… Siempre mirando por el patio interior, siempre murmurando vete a saber qué cuando se cruzaba con mi hija en la escalera. ¡Por Dios, que Zoe solo tiene 8 años! Debí haberle puesto una orden de alejamiento. Tenía que haberlo encerrado.

Milos, como de costumbre, no respondió; se limitó a mirarla y a asentir, caminando junta a ella a paso ligero y avivando el tono de su color Azul. Tras 15 minutos de marcha, al fin llegaron al número 14. Desde la calle pudieron observar el ventanal del apartamento: una sombra Amarilla, viva y alegre, atravesaba el cristal y alumbraba la noche exterior… Era Zoe, saltando, bailando, o jugando con su hermano mayor, que estaba encargado de su cuidado, como siempre que su madre tenía que trabajar. El portal de la Calle Olmos era una boca de lobo con aliento a bajante. La puerta de madera astillada y cristal estaba entreabierta; algún vecino, si no el borracho, tuvo prisa por entrar.

Adina llamó a Lucas, su hijo, para ver si estaban bien, pero este no respondía; si el vecino estaba en la casa con ellos, era lógico el silencio, de modo que no insistió y continuó andando hasta llegar al portón. La luz del zaguán estaba fundida, como de costumbre. Era un edificio de los años 70 sin ascensor, de modo que deberían subir las escaleras a oscuras, hasta llegar a la primera planta.

—Tercero B —susurró ella, desenfundando el arma con un chasquido metálico que resonó en el hueco de la escalera. En ese instante, sobre la pared hambrienta de pintura, la sombra Negra de Adina se ensangrentó con un golpe Rojo de puro miedo y rabia.

Milos la siguió en la penumbra. Al pasar por el descansillo del segundo piso, vieron la puerta del vecino entreabierta, mostrando un interior oscuro, con olor a alcohol rancio y a abandono. A él no lo vieron. Estaba arriba.

Al llegar ante la puerta del apartamento, la sombra Amarilla se colaba por la rendija e iluminaba parte del suelo del rellano. Ambos entendieron que habían llegado a tiempo.

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