MICRORRELATOS ENCADENADOS. EPISODIO FINAL

EPIFANÍA

Mi nombre es Milos, y he matado al omnisciente de sombra Blanca porque el final lo quiero contar yo, este iluso enamorado que ahora, más que nunca, estará al lado de la mujer rota que es Adina. Sí, es cierto que el Amarillo de Zoe sobresalía a través de la puerta de entrada, pero -como bien dictaba la nota- el color menguaba y adquiría una triste tonalidad ictérica, enfermiza. Pude observar (y callé) una manchita roja muerta en la alfombrilla de bienvenida, y pensé que bien podía ser del borracho que me amenazó con arrebatarme el Azul recién nacido. ¿Le habría escuchado de otra forma?

Al abrir la puerta, la detective empuñando su arma y yo guardándole la espalda Roja encendida, pudimos ver cómo el color de su hija se iba retrayendo hacia el salón de doble puerta, destendiéndonos una inexistente alfombra del Amarillo apagado. Nos temimos lo peor, pero continuamos avanzando despacio. Nada se escuchaba, más que la voz de Adina llamando a sus hijos entre interrogantes de miedo.

Detenidos ante la escena que podía cambiarlo todo, la detective sujetó fuerte su pistola con ambas manos, elevó su sombra Roja con ligeros reflejos de Verde hasta el techo, y al tiempo que yo empujaba las puertas de acceso, gritó: «¡Policía! ¡Al suelo!».

Pero no había nadie. Nadie al suelo, nadie contra la pared, nadie escondido tras las viejas cortinas. Únicamente Zoe, sola y asustada en el centro de la sala y sentada sobre una alfombra de color gris. Al ver a su madre, sus ojos se clavaron en ella con una mezcla de miedo y alivio. «¡Mamá, has vuelto!» le dijo con la voz anudada. Adina le preguntó entonces sobre Lucas, y el porqué de dejarla sola, y yo me quise morir cuando escuché las palabras de la niña recordando a su madre un accidente, una pérdida, y muchos olvidos.

La ilusión al fin se derrumbaba como un edificio en demolición, asfixiándonos a ambos con el humo final. Miré hacia atrás y observé al tipo de la nota apostado en una columna del rellano, con un dedo vendado, y la compasión por rictus. La semiautomática cayó de la mano de Adina, resonando en el suelo de baldosas antiguas y desgastadas. Su respiración se detuvo, su mente se fundió al negro con mayor claridad de sus últimos años. La sombra Roja con destellos Verdes que la rodeaba se tornó oscura, profunda, densa y terminal, envolviéndola en reproche y dolor. Tocada y hundida, muda, de rodillas, con los ojos vacíos y fijos en Zoe, su hija, la única verdad que le quedaba. La única que existe.

Intentando encontrar lógica al sinsentido, concluyo, porque no me atrevo a preguntar cosa alguna, que el culpable del accidente de Lucas pudo haber sido algún borracho; que el tipo del segundo piso solo pretendía ayudar, que la sangre era producto de unas astillas, que… ¿qué más da ya? Los colores se fueron, pero las sombras permanecen. Como nosotros.

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Un comentario en «MICRORRELATOS ENCADENADOS. EPISODIO FINAL»

  1. Candelaria Fernandez Duran dice:

    Un relato genial para finalizar para esta historia. El ritmo de las palabras es ágil y rápido. por lo que casi no he podido ni pestañear hasta terminar de leerlos.

    Siempre me han gustado las novelas policíacas. y hacía mucho tiempo que no leía nada parecido
    Me ha encantado. Felicidades. Nunca dejes de escribir.
    Nos vemos pronto amiga. Un abrazo.

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