LA NOTA
La puerta del Café tintineó tras aquel Rojo hipnotizante, dejando solo a Milos con el silencio y la gota de sangre que empezaba a morir sobre el papel. Su sombra Azul, hija del ansia por romper la rutina, latía intermitente en la pared, anhelando el nuevo paso a dar por su dueño.
Un minuto después, el sonido agudo de la campana anunció una nueva entrada.
La detective de policía Adina Luque , vecina del barrio, entró en el bar que ya no quería cerrar. La sombra era Verde, pulcra, amplia y serena, y se extendió sobre ella arropándola, mientras su propietaria buscaba datos que confirmaran su sospecha.
—¿Qué sabes del tipo que acaba de salir? ¿Qué te ha dicho? —preguntó Adina a bocajarro, mientras apoyaba las manos en el mostrador. Su sombra color esperanza intentó rodear también a Milos, urgiendo una respuesta—. Llevo tiempo siguiéndole la pista. Ese borracho es una amenaza, ¿sabes? Se pasa las noches rondando mi calle y alguna vez lo he pillado mirando hacia el ventanal del salón… ¿Eh, pasa algo? Estás raro.
Milos no respondió. Con la excitación que le dictaba su nuevo color deslizó la nota por la superficie húmeda hasta tocar la mano de la mujer. Adina le caía bien, incluso muy bien, pero sabía perfectamente cuáles eran sus posibilidades. El Verde rara vez casaba con el Marrón…
La detective Luque bajó la mirada y reconoció la forma del papel. Alguna vez había recogido de la alfombrilla de su casa una nota parecida. Con prisa e impaciencia, desdobló la cuartilla y empezó a leer: Calle Olmos, 14. Apartamento 3B. Llega pronto, Adina. La sombra amarilla se apaga.
La mujer y la luz del local temblaron juntas.
Su sombra Verde se extinguió de golpe: fue engullida por un Negro espeso, lúgubre y asfixiante que brotó de sus pies y cubrió el suelo como una mancha de alquitrán.
Adina, ya sentada en un taburete por consejo de Milos, no reaccionaba. De repente, como un resorte, alzó la mirada hacia el camarero y apenas acertó a pronunciar unas palabras: —Es mi casa, donde está mi hija —murmuró con la voz rota—. Está arriba… El borracho va para allá.
El camarero observó la mancha Negra a los pies de la mujer y luego la nota ensangrentada, que releyó para sí mismo. Había que actuar y había que hacerlo ya. Ella aún seguía en shock, mirando la diminuta sentencia sobre la barra del bar.
—Voy contigo —dijo Milos saliendo del mostrador, mientras su sombra Azul se estiraba entusiasmada hacia la puerta.

