MI HERMANA MAYOR

Mi hermana mayor no lo es; Julia nació -exactamente- seis minutos después de hacerlo yo, y figura como segundo hijo en el Libro de Familia de nuestros padres. Sin embargo, el empoderamiento invasivo la ha convertido en primogénita por años de diferencia conmigo, a pesar de ser ambas gemelas fraternales (vulgarmente conocidas como mellizas).

Ella había abrazado la moda del Silver Hair como si de una revelación divina se tratara. Se dejó la melena prácticamente blanca, con algunos mechones oscuros entrelazados, abducida por los discursos de Instagram sobre el «empoderamiento sin filtros». Yo, en cambio, seguía fiel a mi autocita mensual con el excelente rubio miel, «porque yo lo valía». A veces incluso compraba a pares las cajitas de tinte, si había ofertas, para ahorrar: total, sabía que siempre lo necesitaría, y que no pensaba transicionar en ningún momento futuro… Para Julia, mi compromiso con el color era casi una traición a la madurez feminista; para mí, una simple cuestión de luz, energía y autoestima. Quería seguir reconociéndome frente al espejo, aun con mis innegables arruguitas, y la ya incipiente flacidez facial. Al menos mi pelo seguiría siendo cosa mía, no de la edad.

A veces, cuando salíamos juntas, los estereotipos de la publicidad cobraban vida en forma de impertinentes humanos: a ella le ofrecían muestras de suplementos para las articulaciones, y a mí me echaban diez años menos sin pestañear. Yo era, ahora, su hermana pequeña solo por seguir siendo rubia…

Un domingo por la tarde que se acercó a mi casa para tomar café, la vi mirarme el pelo y la cara con detenimiento, mientras apuraba su taza. Pensé que volvería a darme la brasa con el «libera tu pelo, coño», o  algo similar. Hubo un silencio largo, mientras desfilaba toda la corte celestial. Julia se pasó los dedos por la raíz canosa, puso los ojos a juego con su melena, suspiró y, bajando la voz para que no la oyera ni mi gato, me dijo:

—Oye… ¿de qué marca decías que era ese rubio miel? ¿Te queda otra cajita en el baño?

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