Andrés observa la mosca cojonera de la cocina, que revolotea dibujando círculos tan hipnóticos como absurdos. Algunas veces, la abstracción es vital, se dice sin abrir los labios.
En la habitación del fondo del pequeño «pisotel», su madre, ensillada tras años de sofá, azúcar y televisión, golpea el bastón contra el suelo. Otras veces el impulso es contra los muebles. Alguna, contra la espalda de Andrés… si este tarda mucho en atenderla. Es un recordatorio constante del pago de una deuda jamás firmada por el cliente: «Yo te di la vida», repite ella, como si la maternidad hubiera sido un préstamo con carísimos intereses, que ahora él debe liquidar cancelándose a sí mismo. La mujer no quiere un extraño, y mucho menos pagarlo; desea la exclusiva presencia del hijo que tuvo, que tuvieron todas, para limpiarles el culo cuando fueran viejas… ¿Quién si no?
En el salón, el sofá es un molde sobre el que se sienta su hija de veintiocho años. Rodeada de mandos a distancia y latas vacías, la eterna adolescente bosteza ante una oferta de empleo, sugerida por su padre, que exige madrugar. — ¿Hoy no se cena? —pregunta sin despegar la vista de la pantallita, esa misma que le regalará una hermosa joroba antes de llegar a la edad de Andrés—. Ah, y necesito dinero para un móvil nuevo; este es una papa.
Para su hija, Andrés es un proveedor de derechos ilimitados; para su madre, un deudor de gratitud eterna. Para ambas, un esclavo.
Andrés olvida la puñetera mosca, y se sirve un trago de algo fuerte que toma de una vez. Entonces escucha un segundo golpe de bastón, aún más violento que el primero, y un bufido humano con voz de chica. En ese instante, algo similar a un chasquido se siente dentro de su cabeza; no es rabia o ira, ni siquiera desagrado… solo claridad gélida y total. Ese sonido a roto libera una sonrisa, la primera en años.
— Andrés, ¡mi té!¡Llevo horas esperándolo! —grita la voz desde el fondo del pasillo. — Papá, ¡el Bizum! —reclama la voz desde el sofá.
Andrés no responde. Camina hacia la entrada, descuelga su chaqueta del perchero y recupera una pequeña maleta escondida en el armario del recibidor. Al salir, cierra suavemente, sin hacer el más mínimo ruido. Por un segundo, recordará aquella palabra tan bonita que había escuchado en televisión: «ataraxia». Lo que sentía debía parecerse mucho.
Baja las escaleras alegramente, ignorando el ascensor. Al llegar a la calle, el aire fresco de abril le parece un lujo necesario para seguir con vida. Arranca el motor del coche, pone el teléfono en modo avión y lo mete con desprecio en la guantera. Mientras acelera y se aleja del barrio lleno de «pisoteles», visualiza sin remordimientos la escena que deja atrás: su madre aprendiendo a usar el móvil para llamar a una cuidadora profesional, y su hija descubriendo, por pura supervivencia, que el hambre es el mejor remedio contra la pereza.
Por primera vez en décadas, Andrés no es el hijo de nadie ni el padre de nadie. La exquisita libertad que comienza a respirar, bien valdrá ese precio.

