Ana no entraba en las casas de los demás; las colonizaba. Siempre traía consigo un pastel de limón perfectamente glaseado o un ramo de flores silvestres que nadie pidió, pero que funcionaban como ese tributo que le permitiría, durante el resto de la tarde, ejercer su oficio favorito: el de ganadora cum laude.
—No, querida —decía Ana con media sonrisa cuando alguien se encontraba recordando una anécdota de su infancia—. Aquel año no llovió en todo el verano. Hizo un calor de muerte. Lo recuerdo muy bien, por desgracia.
Daba igual que el resto de los presentes juraran las tormentas de aquel extraño mes de agosto. La memoria de Ana era una apisonadora arrogante. Para ella, los recuerdos de los demás eran borradores mal escritos que ella corregiría con sumo gusto. Aunque nunca hubiese estado allí. Aunque jamás supiera nada del tema en cuestión.
Su generosidad era una red de pesca. Regalaba broches artesanales que ella misma diseñaba y, si alguien cometía el error de intentar pagarle o devolverle el favor, Ana se ofendía con una teatralidad de Premio Tony. El dinero ajeno le quemaba la mano; prefería cobrar en una moneda mucho más cara: la deuda eterna y el silencio ante sus delirios.
Una vez, una prima lejana intentó contar la historia de su propio accidente de coche. Ana la interrumpió antes de que llegara al frenazo. —No fue la rodilla izquierda, querida, fue la derecha. Y no fue un camión, que fue una furgoneta azul. Yo lo sé porque aquella noche soñé con algo muy similar. ¿Os he dicho que también tengo presentimientos? ¡Lo que me faltaba!
La prima guardó silencio, estupefacta al ver su propia cicatriz reasignada a la otra pierna por decreto fantástico de Ana. Todos sabían cómo era «la ganadora», pero nadie parecía conocer la asertividad, y preferían callar y aguantar sus patochadas en cada una de las ocasiones. En esas reuniones, la familia intercambiaba miradas de reojo sobre los platos del oportuno pastel, que les era previamente descrito con precisión matemática, como si en vez de repostería casera se tratase de una compleja novela de ciencia ficción, en la cual hubiera invertido tres años de su vida. Ya nadie discutía con ella. Se habían dado cuenta de que Ana no vivía en su mismo mundo. Ella habitaba un diorama donde era la protagonista, la mártir, la experta anestesista, la capitana del barco, la matrona y la parturienta, la defensora de cada leyenda urbana y la dueña de la cronología universal.
Al final de la tarde, Ana se marchaba satisfecha y convencida de que los había iluminado a todos. Se iba a casa a anotar en su libreta mental cuántos favores había repartido y cuántas verdades había «arreglado», ignorando que, tras de ella, la familia suspiraba aliviada, recuperando por fin sus propios nombres, sus propias cicatrices y sus propias vidas, mientras guardaban para nunca el resto del pastel de limón en la nevera, a sabiendas de que ese azúcar era demasiado amargo como para tomarlo tan seguido…


Un relato inquietante que ha cautivado mi atención hasta el final. No sé si te has inspirado en alguna persona que conozcas, si es así, » vaya pesadilla». Espero poder leer pronto tus próximas palabras, me hacen pensar y recuperar poco a poco la concentración.