¿Por qué cada vez que un ateo defiende su postura, incluso de forma educada, el creyente no tarda en espetar: «me parece muy bien, pero RESPETA»? ¿Por qué parece que ese sea su único argumento ante la duda expresada? ¿Por qué no acepta ningún debate? ¿Por qué cree a ciegas? Algunos dirán que la fe consiste en eso: en creer sin más. Otros opinarán que la fe es un regalo de Dios, pero entonces… ¿por qué no obtuvimos todos sus hijos el mismo obsequio?¿Hay clases incluso aquí? Vaya por delante que son preguntas retóricas, pues todos sabemos, creyentes y agnósticos, que la religión no ofrece respuestas (lógicas), y por tanto no admite preguntas (lógicas). Es más: tampoco permite dudas o debates, pues todo eso lo considera una enorme falta de respeto y un atentado a sus sentimientos religiosos… Ante la duda, abstente.
Hablo de la religión cristiana y católica, concretamente, porque es la considerada mayoritaria en mi país, pero puedo extender la idea a cualquier otro de los 4.000 credos existentes (que no se nos quede el Islam fuera…). Entre la escasa inteligencia natural y la vasta inteligencia artificial, he llegado a las siguientes reflexiones que pudieran abrir las puertas a la fe, todas perfectamente debatibles en los comentarios. Aquí no hay censura más allá del bloqueo al insulto. Aquí puedes expresarte con total libertad, incluso para llevarme la mayor de las contrarias.
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Dios es el relato que da orden al caos. Es más fácil creer que «un Dios tiene un plan» (aunque sea un plan cruel), que aceptar que somos un accidente bioquímico en un planeta perdido. La creencia en Dios funciona como un anestésico existencial.
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La declinación de la responsabilidad. La creencia en un Dios a menudo permite al ser humano decir: «Que sea lo que Dios quiera». De hecho se dice a todas horas (yo digo: «que sea lo que tenga que ser»).
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La Muerte como «Pasarela»: la mayoría de la gente tiene pánico a la inexistencia. La religión convierte la muerte —un proceso biológico de apagado— en una mudanza.
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Una Herramienta de Control Social. Históricamente, la creencia en Dios ha sido la forma de organizar sociedades bajo un código moral común. El problema es que ese código suele premiar la sumisión y la resignación («los últimos serán los primeros»), lo cual choca frontalmente con mi agnóstica visión de la responsabilidad y el esfuerzo personal.
Desde un punto de vista puramente lógico, la fe es una solución elegante pero falsa a problemas complejos. Es una construcción mental que protege al individuo del miedo, pero que al mismo tiempo le roba su soberanía.
Elegir creer en un Dios omnipotente es, en muchos sentidos, elegir el «modo fácil» de la existencia. Es entregar las llaves de tu destino a un conductor invisible para no tener que cargar con el peso de tus propios errores o con la angustia de tu propia finitud. Además, el «amor al prójimo» suele terminar justo donde empieza la libertad de pensamiento del otro (si no comparte su opinión religiosa); hace unos días, en la gala de los Premios Goya, Silvia Abril pronunció unas palabras que admito fueron bastante salvajes, pero no dejaban de ser su opinión personal sobre el cristianismo y el catolicismo (el credo mayoritario en España, y de lo que iba la película por la cual fue interrogada). A partir de ahí se le ha crucificado -literalmente- en redes sociales y en televisión, por esos mismos cristianos ofendidos con su falta de respeto. Esto -un linchamiento de libro- no es más que la reacción defensiva del ego herido. Ha quedado demostrado, una vez más, que para el creyente criticar su dogma no es un debate de ideas, ni siquiera es una posibilidad, es un ataque a la estructura que sostiene su miedo a la muerte. Cuando le quitas la red de seguridad (su fe), responde con una agresividad que contradice todos sus mandamientos. Los comentarios que he leído en el Instagram de esta mujer eran terribles, y mucho más ofensivos y amenazantes que las declaraciones que ella efectuó. Libertad de expresión, según y cómo.
En la sociedad actual, existe una asimetría táctica: la fe se protege bajo el manto del «sentimiento sagrado» (intocable), mientras que su ausencia se tacha de «frialdad», «arrogancia», «soberbia» o «vacío espiritual». El «rezaremos por ti», o el «me da pena tu falta de fe», o «te reconduciremos al rebaño», lo he escuchado yo, y lo ha leído Silvia Abril más de una vez. ¿Dónde está entonces el respeto? ¿Por qué me impones tus rezos? ¿Por qué me cuestionas como persona? Los creyentes, en realidad, no piden el tan nombrado respeto, piden el silencio. No quieren convivencia, quieren que nadie les recuerde que el rey está desnudo.
La tolerancia con los distintos pensamientos y modos de ver la vida (y la muerte) no puede ser una calle de sentido único. Si se respeta la fe en lo invisible, también se debe respetar la creencia en lo evidente. A todos nos cuesta pensar al revés, pero la convivencia pacífica lo exige, y un linchamiento -a estas alturas evolutivas- es algo rechazable venga de quien venga, pero si es a manos de quienes profesan una religión basada en el amor al prójimo, la generosidad, la caridad y el perdón, la infamia es mayúscula.
¿Y tú, te atreves a opinar?


Pienso igual que tú. La Iglesia Católica ha perdido los valores que se supone debe tener. Y, sobre todo, que el Papa y el Vaticano viven rodeados de riqueza, cuando predican la humildad, la caridad y el amor al prójimo. Por otro lado, se supone que es idolatría adorar imágenes. Un ejemplo es nuestra Semana Santa, donde pasean imágenes con un lujo exagerado, y vemos personas sin hogar y muchas que no llegan a fin de mes.
Dónde han dejando la caridad, entre tantas cosas que han hecho y siguen haciendo y que yo considero aberrantes. Vivimos en un mundo en el que estamos rodeados de hipocresía .Por último y no aburrirte, que yo sí creo; o al menos quiero creer.