La anciana defendía su historia con un orgullo blindado, repitiéndola como un mantra a todo aquel que quisiera escuchar, y -por supuesto- a su propia hija: eligió aquel hospital antiguo y deteriorado solo por la seguridad del goteo intravenoso. Su prioridad, confesaba sin pudor, había sido no enterarse de nada. Parir sin pagar ningún peaje.
Aquel día de 1967, mientras la madre flotaba en algo muy similar a un coma inducido, el fórceps entró a ciegas en el paritorio. Una de sus palas metálicas se convirtió en el eje del mal contra la pelvis, aprisionando y girando por la fuerza la cabeza de una bebé para sacarla del canal vegetal. El precio de la desconexión materna lo pagó el lado derecho de la recién nacida: un nervio aplastado, un conducto auditivo colapsado, un tabique desviado y una mandíbula frenada en su crecimiento. Todo tan leve que resultó definitivo. Un bautizo urgente -por si las moscas- y un posterior ingreso por deshidratación fueron narrados en la historia familiar como episodios anecdóticos, desvinculados del momento de su causa, mientras la culpa se proyectaba en los demás. Nunca hubo historia de aquel parto, pues el cóctel farmacológico resultó perfecto en su destrucción de recuerdos. El nacimiento era puro trámite: ¿lo importante? que todo saliera «rápido y bien»…
Casi sesenta años después, la «bebé» se mira al espejo. De repente recuerda a aquel dentista y a aquellos médicos que ya apuntaban lo que ahora ella ve, y traga saliva para poder continuar: «la simetría está sobrevalorada», se dice con amabilidad, y revisa las citas obtenidas para paliar, en lo posible, los errores ajenos. El oído seguirá taponándose, la respiración seguirá menguada, y deberá controlar su sonrisa -como siempre y para siempre- si quiere evitar el molesto temblor de su nervio facial, pero ahora se autoexculpará de su imperfección, y tomará las riendas para mejorarse, como un premio de consolación justo que reescriba la historia de su vida.
Nota personal: Este microrrelato está basado en las prácticas de obstetricia hipermedicalizada, y uso sistemático de fórceps de rotación en la España de los años 60. Muchas personas adultas de hoy conviven con asimetrías faciales, problemas respiratorios o de oído unilaterales crónicos, que no son de origen genético, sino secuelas físicas de partos bajo sedación profunda.

