LO QUE NO TE CONTARON…

«Lo que los críticos más duros no te contaron sobre DEMENTALES (Capítulos 1 y 2 de regalo)».

A veces, el mayor elogio no es una palabra amable, sino una nota alta de quien no suele darlas. Recientemente, Dementales ha sido analizada por críticos conocidos por su rigor extremo —esos que no temen calificar con un 4 a las grandes apuestas editoriales—. Haber obtenido un 7/10 y un 4/5 de manos tan exigentes es el impulso definitivo para compartir con vosotros algo más. No quiero que os quedéis con la cifra, quiero que os quedéis con la historia.

Por eso, hoy os regalo los dos primeros capítulos. Bienvenidos al inicio de una pesadilla que empieza con un deseo de cumpleaños…

 

1
«Cuando Dana Soler apagó las 25 velas rosas de su tarta
de cumpleaños, un 18 de diciembre en la cafetería de
Los Ángeles donde trabajaba, y deseó con todas sus
fuerzas regresar a su Sevilla natal, lo último que pudo
pensar es que tal vez solo recuperase su añorada tierra
para morir… Su vida —tal y como esta joven emigrante
española la conocía— había terminado. Su petición de
aniversario se volvería tan insoportable para ella, como
la peor pesadilla que jamás hubiera podido imaginar.
Dana Soler, una encantadora camarera residente en los
Estados Unidos por motivos sentimentales, económicos
y lingüísticos, habría de convertirse, a partir de ese
momento, en otra persona; exactamente en la clase de
persona que tras mucho amar, llorar, sufrir y luchar,
decide publicar esos recuerdos guardados en un cajón, y
escritos en tiempo real, que en su momento le servirían
de catarsis, y más adelante de trampolín para el éxito
profesional.

Transcurría un día excesivamente caluroso para el
templado clima de la ciudad de las estrellas, durante la
celebración del cumpleaños de la camarera más bella del
costumbrista Chad’s Café de Mulholland Drive, en
pleno paisaje californiano. Quizás la única hija de
Eduardo Soler y Teresa Ramos debió haber sospechado
que su destino estaba cómicamente escrito, desde el
momento en que decidió trabajar en un lugar conocido
como el punto de entrada de los extraterrestres*… A la
postre, sin embargo, sería una cuestión inversa la que
transformara por completo su futuro. El suyo y el de
todos los demás, por supuesto.
Catherine, Amy, Anne, Livia y —portando el pastel
en sus manos— su jefe Chad, se acercaron con sumo
sigilo a la mesa vacía que la atractiva sevillana limpiaba,
como punto final de su jornada de trabajo. Dana fingió
sentirse sorprendida, y tras observar aquel espléndido
dulce de nata y bizcocho, abrazó en conjunto a todos sus
compañeros de fatigas. Las cinco chicas (todas rubias y
peinadas con un pequeño moño bajo, exceptuando a la
protagonista de la reunión que lucía su natural castaño)
vestían el típico uniforme rosa ajustado, complementado
con un pequeño delantal blanco y una cofia a juego, que
portaba la inicial del jefe del negocio. El local
conservaba, a pesar de existir en pleno siglo XXI, el aire
retro de los años cincuenta. Chad Murray había
heredado la cafetería de su padre, que a su vez la había
recibido de su abuelo, y todos estaban de acuerdo en
permanecer anclados en el tiempo de las chicas pin-up,
aunque solo fuera dentro de aquel salón.

(*)El filósofo francés Jean Baudrillard, en su libro
“América”, describe así la carretera de Mulholland Drive.

—¡Eh, cuidado chica! ¡Que se me va a caer la tarta y
no nos sobra dinero para otra! Feliz cumpleaños,
españolita nuestra. Espero que se cumplan tus deseos
—dijo el jefe Chad sin saber realmente qué se decía.
—¡¡Felicidades Dana!! —gritaron a coro las cuatro
compañeras del local, al tiempo que daban saltos de
alegría y batían palmas por la felicidad que estaban a
punto de compartir con su amiga.

Livia Delfino, italiana de San Remo, sabía del interés
de su colega en inmigración de viajar a España para
final de año. Su amiga Dana siempre había estado ahí
cuando ella la había necesitado (sobre todo cuando su
matrimonio con un guaperas de Chicago hacía aguas
irremisiblemente por un asunto de malos tratos), y
quería devolverle el favor. Para ello, había conspirado
con sus compañeras hasta reunir el dinero necesario para
el billete de ida a Sevilla. La vuelta la habían dejado
abierta por si Dana —dudosa de carácter— decidía
quedarse en su país. Estaban realmente emocionadas e
impacientes por entregarle el pasaje: se trataba del vuelo
IB7990 con escala en Madrid, y salida el 23 de
diciembre. El fastuoso aeropuerto internacional de la
ciudad californiana y la señorita Soler volverían a verse
las caras, pero ahora sería mucho más agradable; ahora
abrazaría por fin a los suyos después de siete años de
ausencia. Tal vez.

—¡No puedo creer que hayáis comprado el billete!
¡Sois fantásticas, chicas! ¡Me habéis dejado sin
palabras!
Dana se veía incapaz de tragar un solo bocado, por
deliciosa que pareciera la tarta, a causa de la tremenda
emoción que sentía en ese momento. No había duda de
que las chicas de rosa habían acertado con el regalo de
cumpleaños: ¡Por fin volvería a su tierra! Por fin
charlaría durante horas y horas con sus padres, tan
necesarios para ella, que habían conseguido hacerla
dudar de su prolongada estancia en suelo americano.
Sollozando, la homenajeada se limpió las agradecidas
lágrimas con la servilleta de papel que le ofrecía Chad, y
volvió a abrazar a sus compañeras. A Dana le constaba
que aquel obsequio suponía un esfuerzo económico para
ellas, y podía afirmar que jamás recibiría un regalo tan
magnífico e inolvidable como aquel. Sus niñas, incluso
cuando no las volviera a ver jamás, siempre estarían
junto a ella, en su corazón.
—Pasarás esta Navidad con los tuyos, Dana.
Lamentamos no haberte podido pagar un billete de
primera clase, pero… ¡¡Ya sabes que Chad no nos
reconoce en lo que valemos!! —dijo Livia mirando de
reojo a su jefe, que ya caminaba de vuelta hacia la caja
registradora levantando las manos, en acto de rendición.
—¡Es perfecto, chicas! Y además habéis sido
inteligentes: solo es la ida y me parece muy bien, porque
no tengo clara la intención de volver. Sabéis mejor que
yo, incluso, cuáles son mis pensamientos y mis
sentimientos ahora mismo. Tal vez hubiera esperado
unos meses más para ahorrar lo suficiente, pero al
final… Mi sitio está en España. Gracias por adivinarme.

Dana probó el pastel con su dedo índice y
rápidamente acudió a la barra de Chad, a buscar seis
platos para compartir aquella tarta cuya inscripción en
color rosa chicle conseguía dibujarle una gran sonrisa:
“Feliz vuelta a casa, Dana”. En ese idílico momento,
nadie en el mundo podría haber hecho cambiar la idea
de la sevillana de que así sería. De tal modo lo creía y
así lo esperaban sus padres tras hablar con ella pocos
minutos después. Todo era alegría y abrazos en casa de
los Soler, que ya empezaban a organizar las que serían
las fiestas navideñas más celebradas de los últimos siete
años.

La preciosa niña de larga melena castaña y
almendrados ojos verdes que un día quisiera probar
suerte en los lejanos Estados Unidos, volvía con los
suyos, y sus padres ya descorchaban la primera de las
botellas de cava con que pensaban recibirla. Toda la
familia feliz y reunida de nuevo.
Tal vez.

 

2
—Héctor, cariño, repíteme cuándo vendrás a casa; no te
escucho bien, hijo —Ángela Sanz, la madre de un joven
ejecutivo, tan atractivo físicamente como agradable en
el trato, intentaba descifrar las palabras de su chico a
través de una conexión plagada de interferencias—.
¿Necesitas que tu padre te recoja? Sabes que él lo haría
encantado. Desde que se jubiló, anda como descolocado
sin una rutina diaria que le entretenga.
—No mamá, no hace falta. Me recogerá un
compañero de la empresa con el que tengo que
intercambiar impresiones del viaje cuanto antes. Ya
sabes en qué mundo me muevo: estrés, reuniones,
viajes, insomnio, cafés, comida rápida, más estrés… Os
llamaré en cuanto haya recuperado la normalidad en el
sueño, y esté listo para una de esas charlas paterno-
filiales que tanto gustan a tu marido. Estoy deseando
veros.

Héctor Doria era un ingeniero industrial con negocio
propio, que adoraba a sus padres y a su gato negro, Ray,
su único compañero de piso. Héctor había llevado la
contraria a todos sus amigos cuando estos se habían
empeñado en aconsejarle un perro, en lugar de un felino;
el joven ejecutivo no podía permitirse el lujo de bajar al
parque a un animal, tres o cuatro veces al día. Un gato
era mucho más conveniente, concluyó en su momento, y
así, lo adoptó. Recordaba con nostalgia —aún— la
aventura que la incursión de Ray en su vida le había
procurado: la bella cuidadora de aquel grupo de felinos
en adopción, había convivido con ambos durante los
primeros seis meses de existencia del animal, pero sus
anticuadas prisas por formalizar aquella romántica
unión, darían el previsto resultado: la cuidadora se iba y
el gato se quedaba. Héctor no podía comprometerse
tanto y con tantos a la vez. Mala suerte… Precisamente
ahora, el joven no podía llegar a sospechar lo mucho que
el destino haría que se implicara con un gran número de
seres humanos, a los que habría de salvar y proteger.
Tanto como a sí mismo.
Alguien le debió haber advertido de que solo le
restaban cinco días de egocentrismo e independencia.
De individualidad. De unidad. Pero el azar no avisa,
solo sentencia y ejecuta. Te guste o no.

—Muy bien, Héctor, cariño, este último viaje tuyo se
me ha hecho más largo que de costumbre. ¡Llevas seis
meses sin visitarnos, hijo! Sabes que tu padre te
necesita, aunque solo sea para decirte cómo no debes
vivir tu vida.
—Lo sé mamá, y lo siento. Pero ahora mismo no
puedo desatender mi trabajo ni un momento, y tú
conoces bien mis obligaciones, mis viajes y mis
proyectos. Os compensaré en unos días. Ya verás:
celebraremos juntos el fin de año en un lugar fantástico.
Tengo reservas para una cena con cotillón incluido en el
Coteccio. Esa noche no te metes en la cocina, mamá. Y
te vas buscando algo bonito que ponerte. Ahora tengo
que colgar, te llamaré desde San Pablo cuando llegue.
Un beso muy fuerte, guapa.
—Otro para ti, cielo. Que tengas buen viaje y no te
olvides de avisar nada más aterrices; ¡Ah! y aquí
estaremos los dos dispuestos a ir adonde tú nos lleves.
Pero de la Nochebuena me encargo yo, ¿eh? ¡No te
librarás del besugo al horno de tu madre tan fácilmente!
Bueno mi vida, me has dado una alegría con tu llamada.
Ya te dejo trabajar. Y así, entre suspiros y risas, Ángela concluyó la
conversación con un hijo al que ya nunca podría ver y
sentir de igual forma. Pero eso sería, desgraciadamente,
un poco más adelante.

El atractivo hijo de Carlos Doria había reservado para
sus padres y para él, tres cubiertos para la cena de gala
Nochevieja 2025, en uno de los restaurantes del Gran
Casino Aljarafe, un lugar que su madre siempre había
referido en sus conversaciones como el sumun del lujo y
la diversión. El evento incluiría música de orquesta en
directo, actuaciones de cantantes poco conocidos, baile,
visita al casino y una cena con sabor italiano de cinco
tenedores. Vestirse de etiqueta formaba parte de la
novedad, y Héctor quería ver a su madre guapa y
animada, ya que el pasado pero latente cáncer de mama
que había logrado vencer, la había dejado muy mermada
en cuanto a su proverbial positivismo. Nunca se sabía si
la enfermedad podía volver y en qué momento lo haría,
de modo que la vida se tornaba aún más cara y preciosa,
tras aquel diagnóstico de hacía dos años. No tenían un
minuto que perder para ser felices. Él se ocuparía de que
la alegría, el entretenimiento y la diversión no faltaran
para sus padres, al menos en los momentos en los que él
podía facilitárselos, que cada vez eran más raros por
culpa de sus múltiples negocios. La elegancia con que
su madre aceptaba sus ausencias, bien merecía un regalo
de lujo. Y él se sentía orgulloso de poder permitírselo.

Con la sensación de ser un hijo razonablemente
bueno, dejó de mirar sonriente el teléfono como si su
madre aún siguiera al otro lado de la línea, se estiró el
impecable traje oscuro de Balenciaga y se dirigió a
recoger su portátil y su maletín de ejecutivo,
descansados en la blanca e impoluta cama del Westin
Bonaventure Hotel and Suites, en cuya sala de reuniones
tenía previsto verse con un probable cliente japonés,
justo diez minutos más tarde y aun en festivo. El edificio
del World Trade Center de la ciudad se encontraba a
escasos metros de su alojamiento, así como la Sala de
Conciertos de Walt Disney, el Anfiteatro Nokia y el
Centro de Convenciones. Los Ángeles era una ciudad
increíble para los negocios y la diversión, pero ya era
hora de volver a casa. Realmente lo estaba deseando.

La fatalidad solo esperaría cinco días más. Era la
tarde del jueves 18 de diciembre, todo parecía en calma,
y la penúltima sesión de trabajo del año lo estaba
esperando».

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