El reflejo en el espejo, sin ser malo, no mentía: el calendario corría hacia una cifra que le congelaba el pecho y no le dejaba dormir bien: los sesenta. Para ella, para muchos, ese número sonaba a final, a una persiana bajando lentamente sobre sus sueños de papel y tinta, a una vida donde los demás siempre habían ocupado el asiento principal, mientras ella observaba desde el rincón.
Y ese rincón ahora se encontraba vacío. La dedicación rara vez obtiene sueldo o recompensa, pensaba para sí.
La noche antes del cumpleaños apenas durmió; estaba casi acostumbrada. Sentía la carga de los años como una mochila llena de piedras.
Sin embargo, la mañana del gran día amaneció limpia y extrañamente silenciosa. Salió al jardín con una taza de café de esas que ella misma había diseñado, y se quedó mirando el asombroso árbol de Júpiter. Luego observó sus manos salpicadas de lo que a ella gustaba llamar «pecas»; sus rodillas, con un invisible deterioro, y sus pies, con la secuela de un silencio… y algo cambió en su interior. Se dio cuenta de que el miedo no era por los años, sino por el peso de lo que no había dicho, de los límites que nunca se había atrevido a marcar por temor a no ser querida. Como si el amor dependiera del servicio y la sumisión.
Sonrió de repente, miró al rosa fucsia de aquel magnífico arbusto, y sintió una ligereza que no recordaba. Los sesenta no eran un cierre; eran un permiso de apertura. La venia para dejar de disculparse por existir, para escribir la historia que le diera la puta gana, y para vivir, por fin, bajo sus propias reglas. La libertad, descubrió, no dependía del éxito ni de la aprobación de nadie, sino del valor de mirarse al espejo y decirse lo que tantas veces escuchara a su antiguo jefe: «¡¡Adelante con los faroles!!».


El cambio de década supongo que da para reflexionar a todo el mundo, como la protagonista de tu relato. Yo ya he cumplido los 60 y he entrado en pánico pensando que me queda poco tiempo en relación a lo vivido. Ya sé que nunca cumpliré mis sueños y que llevo escrita en la frente la fecha de caducidad. Cuando me miro en el espejo no sé quién es la extraña que se refleja en él.
Y no lo cuento con pesimismo sino con una aplastante visión de realidad.
Tu relato querida amiga, al final tiene un toque optimista y como siempre me encanta porque me hace pensar. Y ya sabes, pienso pero no sé si realmente existo.
Te entiendo, aunque te aseguro que yo sigo viendo a la misma chica de nuestros 15, con esa bonita melena rubia natural y esos ojos mar Caribe que te siguen acompañando. Igual tienes que cambiar de espejo…
Sigamos pensando y existiendo, compañera. Un abrazo.
Gracias por tus palabras tan bonitas. Quizás tengas razón y tenga que cambiar de espejo. Un beso.