LA GANADORA

Ana no entraba en las casas de los demás; las colonizaba. Siempre traía consigo un pastel de limón perfectamente glaseado o un ramo de flores silvestres que nadie pidió, pero que funcionaban como ese tributo que le permitiría, durante el resto de la tarde, ejercer su oficio favorito: el de ganadora cum laude. —No, querida Leer entrada