Marga de Cala
DEMENTALES
«Me apoderaré del destino agarrándolo por el cuello.
No me dominará».
(Ludwig van Beethoven)
1
«Cuando Dana Soler apagó las 25 velas rosas de su tarta
de cumpleaños, un 18 de diciembre en la cafetería de
Los Ángeles donde trabajaba, y deseó con todas sus
fuerzas regresar a su Sevilla natal, lo último que pudo
pensar es que tal vez solo recuperase su añorada tierra
para morir… Su vida —tal y como esta joven emigrante
española la conocía— había terminado. Su petición de
aniversario se volvería tan insoportable para ella, como
la peor pesadilla que jamás hubiera podido imaginar.
Dana Soler, una encantadora camarera residente en los
Estados Unidos por motivos sentimentales, económicos
y lingüísticos, habría de convertirse, a partir de ese
momento, en otra persona; exactamente en la clase de
persona que tras mucho amar, llorar, sufrir y luchar,
decide publicar esos recuerdos guardados en un cajón, y
escritos en tiempo real, que en su momento le servirían
de catarsis, y más adelante de trampolín para el éxito
profesional.
Transcurría un día excesivamente caluroso para el
templado clima de la ciudad de las estrellas, durante la
celebración del cumpleaños de la camarera más bella del
11costumbrista Chad’s Café de Mulholland Drive, en
pleno paisaje californiano. Quizás la única hija de
Eduardo Soler y Teresa Ramos debió haber sospechado
que su destino estaba cómicamente escrito, desde el
momento en que decidió trabajar en un lugar conocido
como el punto de entrada de los extraterrestres*… A la
postre, sin embargo, sería una cuestión inversa la que
transformara por completo su futuro. El suyo y el de
todos los demás, por supuesto.
Catherine, Amy, Anne, Livia y —portando el pastel
en sus manos— su jefe Chad, se acercaron con sumo
sigilo a la mesa vacía que la atractiva sevillana limpiaba,
como punto final de su jornada de trabajo. Dana fingió
sentirse sorprendida, y tras observar aquel espléndido
dulce de nata y bizcocho, abrazó en conjunto a todos sus
compañeros de fatigas. Las cinco chicas (todas rubias y
peinadas con un pequeño moño bajo, exceptuando a la
protagonista de la reunión que lucía su natural castaño)
vestían el típico uniforme rosa ajustado, complementado
con un pequeño delantal blanco y una cofia a juego, que
portaba la inicial del jefe del negocio. El local
conservaba, a pesar de existir en pleno siglo XXI, el aire
retro de los años cincuenta. Chad Murray había
heredado la cafetería de su padre, que a su vez la había
recibido de su abuelo, y todos estaban de acuerdo en
permanecer anclados en el tiempo de las chicas pin-up,
aunque solo fuera dentro de aquel salón.
(*)El filósofo francés Jean Baudrillard, en su libro
“América”, describe así la carretera de Mulholland Drive.
—¡Eh, cuidado chica! ¡Que se me va a caer la tarta y
no nos sobra dinero para otra! Feliz cumpleaños,
españolita nuestra. Espero que se cumplan tus deseos
—dijo el jefe Chad sin saber realmente qué se decía.
—¡¡Felicidades Dana!! —gritaron a coro las cuatro
compañeras del local, al tiempo que daban saltos de
alegría y batían palmas por la felicidad que estaban a
punto de compartir con su amiga.
Livia Delfino, italiana de San Remo, sabía del interés
de su colega en inmigración de viajar a España para
final de año. Su amiga Dana siempre había estado ahí
cuando ella la había necesitado (sobre todo cuando su
matrimonio con un guaperas de Chicago hacía aguas
irremisiblemente por un asunto de malos tratos), y
quería devolverle el favor. Para ello, había conspirado
con sus compañeras hasta reunir el dinero necesario para
el billete de ida a Sevilla. La vuelta la habían dejado
abierta por si Dana —dudosa de carácter— decidía
quedarse en su país. Estaban realmente emocionadas e
impacientes por entregarle el pasaje: se trataba del vuelo
IB7990 con escala en Madrid, y salida el 23 de
diciembre. El fastuoso aeropuerto internacional de la
ciudad californiana y la señorita Soler volverían a verse
las caras, pero ahora sería mucho más agradable; ahora
abrazaría por fin a los suyos después de siete años de
ausencia. Tal vez.
—¡No puedo creer que hayáis comprado el billete!
¡Sois fantásticas, chicas! ¡Me habéis dejado sin
palabras!
Dana se veía incapaz de tragar un solo bocado, por
deliciosa que pareciera la tarta, a causa de la tremenda
emoción que sentía en ese momento. No había duda de
que las chicas de rosa habían acertado con el regalo de
cumpleaños: ¡Por fin volvería a su tierra! Por fin
charlaría durante horas y horas con sus padres, tan
necesarios para ella, que habían conseguido hacerla
dudar de su prolongada estancia en suelo americano.
Sollozando, la homenajeada se limpió las agradecidas
lágrimas con la servilleta de papel que le ofrecía Chad, y
volvió a abrazar a sus compañeras. A Dana le constaba
que aquel obsequio suponía un esfuerzo económico para
ellas, y podía afirmar que jamás recibiría un regalo tan
magnífico e inolvidable como aquel. Sus niñas, incluso
cuando no las volviera a ver jamás, siempre estarían
junto a ella, en su corazón.
—Pasarás esta Navidad con los tuyos, Dana.
Lamentamos no haberte podido pagar un billete de
primera clase, pero… ¡¡Ya sabes que Chad no nos
reconoce en lo que valemos!! —dijo Livia mirando de
reojo a su jefe, que ya caminaba de vuelta hacia la caja
registradora levantando las manos, en acto de rendición.
—¡Es perfecto, chicas! Y además habéis sido
inteligentes: solo es la ida y me parece muy bien, porque
no tengo clara la intención de volver. Sabéis mejor que
yo, incluso, cuáles son mis pensamientos y mis
sentimientos ahora mismo. Tal vez hubiera esperado
unos meses más para ahorrar lo suficiente, pero al
final… Mi sitio está en España. Gracias por adivinarme.
Dana probó el pastel con su dedo índice y
rápidamente acudió a la barra de Chad, a buscar seis
platos para compartir aquella tarta cuya inscripción en
color rosa chicle conseguía dibujarle una gran sonrisa:
“Feliz vuelta a casa, Dana”. En ese idílico momento,
nadie en el mundo podría haber hecho cambiar la idea
de la sevillana de que así sería. De tal modo lo creía y
así lo esperaban sus padres tras hablar con ella pocos
minutos después. Todo era alegría y abrazos en casa de
los Soler, que ya empezaban a organizar las que serían
las fiestas navideñas más celebradas de los últimos siete
años.
La preciosa niña de larga melena castaña y
almendrados ojos verdes que un día quisiera probar
suerte en los lejanos Estados Unidos, volvía con los
suyos, y sus padres ya descorchaban la primera de las
botellas de cava con que pensaban recibirla. Toda la
familia feliz y reunida de nuevo.
Tal vez».
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¡Ah! Y muy Feliz Año 2026…

