EL ÚLTIMO TRAGO
La bayeta parecía tan arrastrada como el hombre que la movía de un lado a otro. Milos, el veterano camarero del Café José, lucía de forma perpetua una sombra Marrón y pesada, tan cargante como los últimos diez años de su vida sirviendo copas a gente invisible. A fantasmas. Era algo más de la medianoche y solo pensaba en cerrar y acostarse de una jodida vez, pero en la esquina de la barra, el único cliente que quedaba aún apuraba el fondo de su wiski sin intención alguna de pedir la cuenta.
Milos se acercó para recoger el vaso, deseando con cada músculo de su espalda que el tipo se levantara del taburete y echara mano a su cartera. Pero no se movió. La sombra del desconocido, que hasta entonces languidecía en el suelo con un Negro trágico y lúgubre, comenzó a temblar, mutando en un Rojo sangre que trepó extendido por la pared trasera del bar, amenazante.
El hombre deslizó la mano hacia el interior de su chaqueta de cuero, a cámara lenta y ante un camarero expectante, cuyo instinto consiguió lo que parecía ya descartado: por primera vez en años, su sombra abandonó la apatía y estalló en un Azul ligero, hambriento de novedades, por fatales que se presentaran. Milos, excitado, no se movió del lugar, dispuesto a todo menos a esconderse.
Pero el cliente no sacó el arma presentida. Extrajo de su bolsillo una nota doblada y manchada con una gota de sangre aún viva, y la depositó sobre la humedad de la barra.
—Si la lees —susurró el tipo con la voz hecha añicos—, tu sombra nunca volverá a ser azul.

