Saoirse

El café se le enfría en las manos mientras mira al infinito, pensando en cómo eran los cumpleaños antes de todo. Alcanzar cierta edad en una casa grande tiene la torpeza de amplificar los silencios, especialmente el de una hija adulta que hoy vive a miles de kilómetros, o tal vez solo a un par de calles, pero igual de inalcanzable.

          Aún recuerda la noche en que tuvieron que armarse de un valor que no tenían para pedirle que no volviera. Que no volviera sin una nueva fórmula de convivencia. Saoirse era una marea de treinta años abocada a la distimia; indolente, consentida, atrapada en una adolescencia tardía que amenazaba con devorarlos a todos. Trasladarse con su abuela no era un castigo; era un salvavidas desesperado para que aprendiera a andar sin red. Y funcionó: la joven que enarbolaba la bandera de la libertad en su propio nombre espabiló, hizo su vida y construyó su coraza. Pero el precio a pagar fue muy alto: una frontera de hielo y un «no me busquéis» que la hija, pensándose víctima, dictó como última palabra.

          Mañana, la madre seguirá limpiando platos y tazas invisibles en la encimera, mirando a un punto fijo y hablándole a aquella preciosa niña que tanto echa de menos. Sabe que respetar ese espacio es su último acto de amor, pero también sabe que las puertas cerradas no tienen por qué estarlo para siempre. Si tan solo pudiera hacerle llegar un mensaje sin romper su voluntad, le diría que no hay orgullo que dure cien años, que para ser libre y coherente se necesita mucho coraje, pero que, si alguna vez el mundo pesa demasiado, cuente con ella.

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