EL HOMBRE QUE ELIGIÓ EL HIELO

Aceptó las condiciones del invierno con una docilidad pasmosa. Cuando ella, agotada, le propuso un pacto de compañeros de piso —las habitaciones separadas, la cortesía de los buenos días, el silencio limpio de reproches y exigencias—, él sintió un alivio tan profundo que casi le pareció estar alcanzando el nirvana. Un orgasmo onírico. Por fin nadie le pedía apoyo emocional, escucha activa, empatía o defensa ante la injuria; por fin ella se comprometía a valerse sola ante los brutos que la vida le presentara, y por fin él llegaba -relajado- a su plenitud y planitud al mismo tiempo. Bastaba con flotar en la superficie helada de la casa, ser un inquilino cortés, que no valiente; un mueble sueco que no chirriaba. Se acurrucó, sonriente, en su propia invalidez afectiva como quien se envuelve en una manta vieja: educar al instinto era complicado; resultaba más cómodo declararse oficialmente tonto, cobarde, o ausente. Víctima.

Ella, así las cosas, dejó de insistir. Apagó con lágrimas las hogueras que llevaba décadas alimentando sola, y volcó toda su luz hacia fuera, hacia sus propios proyectos, inquietudes y deseos. La pena de lo que pudo haber sido y no fue le regaló una arruga nueva, que ella miraba en el espejo con orgullo, como una medalla a la entrega.

El invierno se instaló de por vida en la casa compartida, tal y como él había deseado. Lo que el hombre no calculó, mientras disfrutaba la comodidad de su búnker sin exigencias ni sentimientos, es que el hielo es un tejido bidireccional. El bloque gélido que impedía las incursiones afectivas terminó por sellar también cualquier escape emocional. Murió veinte años después, rico, tranquilo y en su propio chalé, sin haberse enterado jamás de que llevaba dos décadas enterrado vivo.

¿Quieres compartir?

Un comentario en «EL HOMBRE QUE ELIGIÓ EL HIELO»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *