EL PAPEL

Gina es una coleccionista de instantes editados, una «influencer» increiblemente seguida, que se dice. En el escaparate de sus redes, su amor por Marc es un océano tranquilo, un repetitivo discurso de libertad y viajes donde «un contrato no dicta el latido», y «un papel es solo un papel». Pero en la oscuridad de su preciosa casa, cuando él duerme y el pitido de los malditos acúfenos regalados en su 50 cumpleaños se hacen más presentes, ella pensará en los años que aún pierde a sabiendas, esperando lo que nunca habrá de llegar. Su deseo de compromiso, de matrimonio, es un grito que, como el tinnitus, solo escuchará ella; una mentira de quien se ha vuelto invisible a fuerza de estar siempre presente.

Rosa, sin embargo, una «doña nadie virtual», preferirá el riesgo del fin antes que la duda eterna de Antonio. Dirá adiós en cuanto entienda que el miedo de él —ese miedo hecho de escasez e inestabilidad laboral— parece un muro más alto que su cariño. Con la firmeza de sus 30 años, dejará un hueco en la cama que impedirá (solo por dos noches) el sueño del novio más prudente del planeta. Y es que el amor, cuando es claro, no sabe de ahorros; los temores desaparecen, y uno lo da todo, aunque de nada tenga. Este hombre, pobre en euros, pero rico en ilusiones, aparecerá ante ella con una sonrisa y un papel que pesan más que el mundo: le han dado fecha para el próximo diciembre en la iglesia que hay junto a su casa. Antonio descubrirá que la pobreza no es tener los bolsillos vacíos, sino vivir el resto de sus días sin la mujer de su vida.

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