En la jungla de asfalto, o en el interior de un centro comercial, donde todos caminan con prisa y la mirada clavada en el móvil, existes tú. No llevas globos, ni vistes con colores llamativos, pero para los ciudadanos de menos de un metro de altura, sueles ser la atracción principal del día.
Vas caminando, pensando en tus cosas, queriendo recordar los recados que debiste apuntar, cuando de repente, desde una sillita de bebé, unos preciosos ojos como platos te fijan el objetivo. Es un niño pequeño con un mono de rayas azules. Te mira como si fueras esa celebridad que alguna vez quisiste ser.
El bebé que te dirige la sonrisa más inocente del mundo debe de pensar: «esta humana es como mamá, y parece buena. No grita, no corre y tiene cara de saber dónde están las galletas».
Tú, casi por reflejo, le devuelves la sonrisa y te limitas a agitar la mano, cuando en realidad te encantaría acercarte y achucharlo (pero entonces -posiblemente- te detendrían, por más cara de buena que poseas). El bebé rubito se ilumina, suelta una carcajada sin dientes y agita los brazos en tu dirección. Es ahí cuando entra en escena la mirada de mamá: esa mezcla de sorpresa y análisis de rayos X que intenta descifrar por qué su hijo, que suele llorar con todo el mundo, te ha elegido a ti para su show matutino. Y, tras comprobar que no supones ningún peligro, le sugiere a tu nuevo miniamigo: “cariño, dile hola…”.
Tú sonríes y sigues tu camino buscando ya no sabes qué, mientras dejas atrás a un bebé feliz y a una madre sorprendida. Es tu superpoder silencioso: ser un puerto seguro entre la enajenada multitud».
P.S.: Basado en hechos reales…

