A veces, como escritores, cometemos el error de pensar que nuestras palabras deben echar raíces en el lugar donde crecimos. Esperamos y deseamos que quienes comparten nuestra mesa sean los primeros en habitar nuestras historias, olvidando que la cercanía, a veces, es un velo (muy tupido) que impide ver la obra detrás de la persona. La confianza, que ya se sabe.
En un universo virtual donde todos repetimos el «he aprendido» de forma automática y sin mayor trasfondo, yo «he aprendido» -de verdad- que un libro no nace para quedarse en casa, ni siquiera en tu ciudad, tu país, o tu inmenso continente. Nace para viajar, para ser descubierto por desconocidos generosos en su personal hallazgo, lectores con criterio propio, sin autores mediático-expositivos, que no juzgan tu pasado, que no tienen mayor idea de quién eres, sino que abrazan ese texto trabajado durante años, más allá de otras futiles cuestiones. Esos que apartan prejuicios, y se adentran entre líneas a saber de ese don o doña nadie que mucho escribe y poco se rinde. A curiosear sobre cuál será la útima peregrina idea de la que tan orgulloso se siente… en soledad.
«He aprendido», también, que el apoyo real no es un comentario vistoso en una red social, ni una palmada condescendiente que no alberga interés legítimo alguno. El apoyo real es la asistencia respetuosa de quien lee, la inversión de tiempo de quien compra (porque sabe que en este negocio el regalo es la ruina), y la magnanimidad de quien desea que tu voz llegue lejos, aunque sea fuera de su propia vista.
Hoy elijo escribir para los que están al otro lado de la frontera, para los que buscan mis palabras sin condiciones, y para quienes pueden elevarlas a universos más amplios y complejos. Hoy pienso en grande y llevaré mi novela ante aquellos que pueden hacer auténtica magia con ella. No es ego, es respeto profesional y este debe empezar por uno mismo, así te intenten matar todos los pájaros de tu cabeza. No puedo decir que un silencio no dolió, ni que una ausencia no lastimó, o que una crítica malévola no me desgarró hasta llorar y querer tirarlo todo por la borda… pero «he aprendido» que aquél nunca fue mi público, nunca fue mi meta o mi interés, ni jamás -tampoco- fue mi objetivo final.
Mi trabajo -como el de todos los escritores- es crear mundos, darles forma y vida; el de los demás, decidir si quieren valorarlos y ocuparlos. Autores, autoras: que no nos importe si ladran o guardan silencio; cabalgaremos de igual modo, y a buen paraje habremos de llegar…

