A los treinta y cinco, acostada una noche más, ella se autocontemplaba como quien observa un armario abierto, tratando de averiguar -pros y contras- qué fórmula de vida le quedaría mejor:
-Soltera con amigos: independencia, risas garantizadas, domingos huecos.
-Casada: compromiso, seguridad, rutina.
-En pareja: algo más que novios, cuidado de la llama, incertidumbre.
-Relación abierta: vértigo administrado, adrenalina, altibajos.
-Con un hermano: lealtad sin erotismo, tranquilidad, espantapájaros.
-Con un compañero de piso: pactos escritos, estabilidad, duda interna.
-Casas separadas: deseo intacto, libertad, inseguridad.
-Habitaciones separadas: paz nocturna, espacio propio, frialdad.
-Con mascota: amor que no exige explicaciones, amor mudo.
-Con hijos: alegría vital, sentido, coste y problemas.
-Con hijos y nietos: más alegría, legado, abuelismo.
-Sola completamente: la mayor independencia, la mayor libertad, silencio total.
Probaba cada modelo en su cabeza como si de un traje de chaqueta se tratase, buscando el equilibrio exacto entre compañía y libertad. Ningún conjunto le ajustaba con la perfección buscada; a todos les faltaba o sobraba algo.
Cerró los ojos y decidió dormir.
A la mañana siguiente dejó las fórmulas. No cambió de casa, ni de estado civil. No forzó una maternidad, ni buscó una mascota.
Simplemente se compró un despertador sin alarma.
Y por primera vez entendió que no había llegado tarde a ninguna vida.

