A veces, el cuerpo guarda historias que, por distintos motivos, tardan en contarse. Este microrrelato nació de una de esas heridas que se curan despacio, cuando el tiempo y la comprensión hacen su trabajo. Solo busca poner palabras (lo mío, aunque solo yo lo piense) a una experiencia que, como tantas, se vivió callada y ahora encuentra su voz. Mi voz:
«Durante meses caminó con un dolor que no sabía nombrar. El pie protestaba en silencio mientras -con la Navidad en muerte clínica- la vida seguía pidiéndole pasos: visitas, cuidados, obligaciones y deberes que no podían esperar. Nunca le gustó pedir favores. Nunca le gustó pedir, en general. Aquel mes de diciembre no podía, sencillamente, detenerse, y no por heroísmo, sino por costumbre. En cuanto a los suyos, mirando hacia arriba, dolía; mirando hacia abajo, dolía aún más. Mirando al frente…
Un día, pasado lo peor y algo más libre consigo misma, una placa mostró lo que su cuerpo llevaba tiempo diciendo. La fractura, 106 días después, ya estaba soldada, torpe pero firme, como tantas cosas en su vida. La doctora la miró con una mezcla de sorpresa y respeto, y en ese gesto ella sintió algo parecido a un abrazo. Aquella mujer siguió hablando, profesional y serena, sin saber que acababa de reparar algo más que un dedo.
No buscó culpables. Solo entendió, por fin, que incluso los huesos saben cuándo es hora de poner distancia. Y que a veces cuidarse empieza por dejar de caminar hacia donde una ya no quiere ir».

