Últimamente leo a muchas mujeres defendiendo la sororidad, la hermandad entre nosotras, la alianza, el apoyo… y todo ese conjunto de gaitas o cornamusas. ¿A quién queremos engañar? ¿A la mujer? Eso no es tan fácil, amigo/a…
Con ayuda de la IA dejo aquí algunos de los motivos por los que la sororidad no es efectiva, por mucha alharaca mostrada:
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Socialización patriarcal: Desde temprana edad, muchas mujeres han sido educadas en la competencia entre ellas (por atención, validación, éxito o afecto), lo que dificulta construir alianzas genuinas y confianza mutua.
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Internalización del machismo: Las ideas sexistas no solo vienen “de fuera”; también pueden ser asumidas inconscientemente por las propias mujeres, generando juicios, rivalidades o falta de empatía hacia otras.
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Desigualdades reales entre mujeres: La sororidad no ocurre en un vacío. Diferencias de clase, raza, orientación sexual, edad o privilegios crean tensiones y experiencias muy distintas, lo que hace complejo sentirse representadas o comprendidas entre sí.
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Heridas personales y desconfianza: Experiencias previas de traición, exclusión o violencia (muchas veces ejercidas también por otras mujeres) dificultan abrirse a relaciones solidarias sin miedo.
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Expectativa de perfección: A veces se exige a la sororidad ser inmediata, constante y sin conflictos, cuando en realidad es un proceso que implica errores, diálogo, límites y aprendizaje.
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Falta de espacios seguros y prácticos: Sin contextos que promuevan el apoyo mutuo real (no solo discursivo), la sororidad se queda en un ideal más que en una práctica cotidiana.
¿Ves? Ya a título personal y con mi propia voz puedo describir algunas experiencias sobre el timo de la sororidad:
– Relaciones truncadas ante la presencia masculina: Priorización del hombre. Esto no conoce amistad, ni familia…
– Invisibilidad: «Te leo, te veo y te ignoro a propósito…»
– Invalidación de éxito personal: «Pues Fulanita logró un doctorado…»
– Desvalorización del trabajo: Menos decirme que calzan su mesa con mis libros, me han dicho de todo…
– Burlas/chistes: «Si te rebajo, igual subo yo».
– Contraprogramación de actos: «Tú presenta un libro, que ya organizaré yo una excursión ese día…»
– Envidia mal gestionada: «Te ignoro pero te copio la idea».
– Falta de reciprocidad: «Tú ven a mis eventos, apláudeme, dame voz y no esperes nada de mí».
– Ausencia de comprensión/empatía: Si la mujer está de baja maternal, así tenga dos bebés a la vez, es quien no debe dormir. Él trabaja (mujeres dixit).
–Compromiso ficticio: «Cuenta conmigo… que no iré, no compraré y no recomendaré».
¿Hace falta seguir…? Yo creo que no. Igual antes de fijarnos en las mujeres de otros lugares, que también, deberíamos acercar la vista y poner algo de intención y generosidad en la hermana, la vecina, la colega, la hija, la amiga, la prima… y empezar por lo pequeño, lo local… para conseguir lo grande, lo mundial.
La sororidad, hoy, es un timo, pero somos precisamente las mujeres las que podemos convertirla en lo que debería ser. Solo tenemos que desaprender lo aprendido, sanar lo vivido y construir una nueva y mejor relación entre nosotras. Mostrarnos más respeto.
Siendo gratis, tiene un valor incalculable.
P.S.: Como toda generalidad, esta también tiene honrosas excepciones. Ellas saben quiénes son.
Buenas.
La sororidad es igual de timo que la empatía, y que la sociedad actual.
Vivimos en el absurdo del control del relato ( sororidad, empatía, palabrería vacía, etc.), y se obvia la realidad.
Buenas, amigo, como persona empática que soy (más de lo que me gustaría), ahí discrepo… pero sí es cierto que hay mucho absurdo en el relato general, y en el político particular. Estamos saturados.
Gracias por tus palabras.