Aunque guardo cierta rabia, no quiero manchar este pequeño homenaje al animal que consiguió cambiar mi visión sobre los de su especie: el gato Perry. No era mío… pero vaya que sí. Yo lo cuidaba cada vez que venía a mi casa buscando lo que en la suya no encontraba; le daba cariño (toda la familia lo hacía), comida, caricias y hogar. No era callejero, pero lo parecía. No se llamaba como el abogado Mason, pero yo lo bauticé así, por su similitud con los perritos. No era mi responsabilidad, pero me habría gustado… tanto es así, que cuando he sabido -lo intuía por sus ausencias- que ya solo vive en mi recuerdo, he llorado más que en mucho tiempo.
Es posible que él haya actuado, con su magia, de catalizador necesario, tras un tiempo largo y duro en mi vida. Bendito seas, Perry, el felino más sociable, cariñoso y bonito que he conocido. El que ha conseguido que ahora escriba y llore al mismo tiempo. El que cuando pretendía entrar en casa y no se le permitía, se encogía y ponía cara de pena, hasta conseguirlo. El que me seguía a todas partes, no siendo yo su dueña. El que se conformaba con lo que se le diera, y el que se acostaba junto a mi bolso, cuando no podía estar cerca de mí. Ahora que ya no te tengo, eres mío para siempre, y espero que quien te haya hecho daño, si así ha sido, sufra tanto como hayas podido sufrir tú… y yo.
Nunca te olvidaré, guapetón. Un abrazo, también, de Missy.

