En los últimos años, el universo de las celebraciones nupciales ha dado un giro que roza la desfachatez. Lo que antes era un acto relevante, un compromiso legal o religioso serio rodeado de familia y amigos, con cierta privacidad y solemnidad, que en algunos casos te cambiaba la vida (como a mí), se ha transformado en un tipo más de entretenimiento de masas, sin otras expectativas que pasarlo bien ahora, y mañana ya veremos. Hoy en día, asistimos al auge de las «pseudobodas»: macrofiestas con temática nupcial donde, sin embargo, nadie se está casando de verdad.
La última tendencia entre creadores (la mayoría, creadoras) de contenido y parejas obsesionadas con la estética, consiste en celebrar la despedida de soltera, la preboda, la pseudoboda, la posboda (o reboda), el banquete, el baile, algún que otro espectáculo añadido (se han visto tómbolas), y el intercambio de anillos un sábado por la tarde, acompañado todo ello de varios vestidos a cuál más caro, dejando el trámite legal (es decir el matrimonio) para semanas después… si eso. O no.
¿Por qué? Esta nueva moda responde a distintos factores:
-La cultura del simulacro y el postureo.
El formato actual ha vaciado el rito nupcial de todo su valor como institución y/o sacramento. Se consigue un «oficiante», o incluso dos o tres (que a veces son actores o amigos) para interpretar un guion orquestado a la medida de la foto de Instagram. Al eliminar la burocracia del «gran día», la ceremonia pierde su verdad, su sentido último, y se convierte en un decorado teatral. Si la semana posterior al evento uno de los novios se arrepiente, el matrimonio jamás habrá existido ante la ley, y ambos seguirán tan solteros como antes de la fiesta. El compromiso está en el aire, aquí no ha pasado nada… pero la fiesta ya se ha cobrado.
-El ¿invitado? devaluado: De ser querido a «socio financiero».
El punto más sangrante es la mutación del concepto de invitado. Tradicionalmente, invitar a alguien implicaba que los anfitriones sufragaban el gasto para agasajar a su entorno (como mucho, añadían a la invitación una tarjeta del lugar donde tenían la opcional lista de bodas). Hoy, bajo la premisa de «es mi día y hago lo que quiero», se planifican eventos muy por encima de las posibilidades reales de la pareja, contando con que el dinero de los asistentes -los extras- financiará la producción.
El ¿invitado? ya no es un testigo de honor; es un extra que paga por trabajar para los ¿novios?. Se le exige un desembolso enorme en cubierto, vestuario y desplazamiento para hacer bulto (uno bonito, claro) en una representación cuyo objetivo final suele ser alimentar el ego de los pseudonovios, y/o generar contenido para sus redes sociales (es más que probable que exista publicidad de marcas y ofertas a cambio de exhibición).
-Honestidad cuestionable.
La coherencia social dicta un orden muy claro sobre cómo deberían gestionarse estos eventos:
-
-
La boda real (Firma y fiesta el mismo día): Mantiene la verdad y la trascendencia del acto. Los invitados presencian un cambio de estado civil vinculante en el momento. Los novios dejan -ahora sí- de ser solteros.
-
La posboda (Firma previa, fiesta posterior): Aunque el rito se divida, hay honestidad. Se celebra a posteriori un hecho real y consolidado, sin engañar a nadie sobre la situación jurídica de la pareja.
-
El simulacro (Fiesta primero, ¿firma después?): El modelo de la desvergüenza. Se activa el gasto, el desplazamiento, y la emoción de los asistentes para una boda sin validez legal, ocultando muchas veces que lo que están presenciando es un paripé. La firma no está asegurada, y por tanto el matrimonio tampoco.
Conclusión 1:
Cuando la rentabilidad de una foto o el beneficio económico del banquete valen más que la honestidad con tu propia familia y amigos, se traspasa la línea de la ética. Las bodas deberían volver a ser bodas, que nadie está obligado a casarse, dejando el show para el circo y liberando a los sufridos allegados de financiar simulacros innecesarios. ¡Ojo! Nada te impide celebrar una fiesta de blanco, en un entorno bonito, con tu familia y amigos, pero no la llames boda y -sobre todo- no le cobres el cubierto a tu gente a 200 euros/persona…
Conclusión 2:
Quienes vivimos las bodas de los años 90 (o anteriores) recordamos algo que hoy parece extinguido: la hospitalidad real. Entonces, invitar a alguien significaba exactamente eso, invitarlo. Los anfitriones organizaban la celebración que buenamente podían pagar de su bolsillo, mucho mas austera que cualquiera actual, para agasajar y compartir su alegría con su entorno más cercano. Si un invitado no podía regalar nada, a nadie le importaba; lo valioso era su asistencia y su testimonio. Yo, particularmente, he asistido a bodas sin banquete, y a bodas cuyas recepciones se disfrutaban en garajes con sándwiches mixtos como único menú. Lo importante era la ceremonia y el acto en sí.
La degeneración (y la desvergüenza) comenzó el día en que se normalizó incluir el número de cuenta corriente en la tarjeta de la invitación, convirtiendo un gesto de cariño en una desagradable factura. Hoy, con las pseudobodas y las fiestas de postureo hemos tocado fondo, y ya nadie quiere ser invitado. Es hora de recuperar la elegancia, plantar cara a la frescura del personal, y recordar a las nuevas parejas que un matrimonio es más esencia que presencia, más carrera de fondo que carpe diem, y que las fiestas -por muy temáticas que sean- las pagan quienes invitan…